Quienes hemos tenido la oportunidad de viajar y conocer las ciudades más visitadas del mundo, regresamos a Colombia con un sinsabor de por qué en la que vivimos teniéndolo aparentemente todo para ser «explotada», en el buen término de la palabra, no llega si quiera al 50% del desarrollo de las primeras. Son cuantiosas las comparaciones y casos de éxito de ciudades como Copenhague (Dinamarca), Ámsterdam (Países Bajos), Viena (Austria), Toronto (Canadá), Melbourne (Australia), Barcelona (España) y para no ir tan lejos, Curitiba (Brasil).
Antes que nada, debo decir que Medellín es una excepción y un caso emblemático a nivel internacional de una ciudad colombiana que logró transformarse a pesar de la alta desigualdad y fuerte estratificación social hacia un modelo más inclusivo y equitativo, a pesar de décadas de violencia y narcotráfico. Si, los paisas lo lograron, su apuesta por un sistema de transporte público integrado, moderno y eficiente cerró en gran medida sus brechas.
Sin embargo, otras ciudades han permanecido rezagadas y pareciera que no saldrán de su interminable bucle de una marcada segregación socioeconómica. Cali, mi ciudad, es quizás donde con mayor claridad se puede observar este fenómeno. Pues, como lo exponen numerosos estudios de modelos de desarrollo urbano dominante, las ciudades que hoy tenemos son el resultado de un proceso social complejo, en el que la urbe se considera una construcción colectiva, en otras palabras, es el reflejo de un proyecto de sociedad y aquí ciertamente, no lo tenemos.
De ahí, la importancia de entender los procesos históricos y la participación de los actores dominantes; pues el orden imperante urbano ha estado, y seguirá estando fundamentalmente, en manos de las élites políticas y/o económicas a nivel mundial. Sin embargo, esas élites han venido transformándose, y en Cali no es la excepción, pues los que en antaño construyeron ciudad, ya hoy no están con nosotros y sus siguientes generaciones, en algún momento y por diversos contextos se distanciaron. Pero desde hace cuatro años (luego de pandemia y el estallido social) han decidido buscar diversas estrategias que les permita recuperar el liderazgo perdido.
No obstante, la realidad nacional, sumada a las marcadas diferencias culturales, políticas y socio económicas se han recrudecido, a pesar de las buenas intenciones, lo que conlleva a mantener el statu quo imperante a la hora de establecer una verdadera discusión o negociación para llegar a un acuerdo sobre la visión de desarrollo que queremos. Pareciera que las nuevas generaciones de las élites no siguen el parámetro de sus padres o abuelos de construir ciudad ni desarrollo regional, pues no se nos puede olvidar que barrios como Vipasa, la Flora y Versalles de la Cali que tanto añoramos, fueron el resultado de una gran dosis de generosidad y la búsqueda del bien común.
Desde esa perspectiva, si ampliamos el zoom de nuestro espacio-tiempo y miramos el cuadro completo. Sería importante saber qué legado desean dejar las élites emergentes vallecaucanas. Seguirán aumentando su productividad y dividendos, lo cual es respetable; ¿o serán capaces de recuperar la vocería y liderazgo de proyectos estratégicos? Estamos ad-portas de elecciones nacionales, no sólo se decidirá quién gobernará a Colombia el siguiente cuatrienio, sino que volveremos a elegir bancada Vallecaucana, esa que, hasta la fecha, como lo dije al inicio de este escrito, también deja un sinsabor de una raquítica gestión de su paso por el Congreso. Ni comparación de la representación antioqueña y el impacto para su región durante décadas.
Finalmente, siempre hay esperanza, así que, desde ya aplausos de pie, a quienes desde las élites sean capaces de sacudirse y contribuir a reconocer que los actores populares existen y su espacio en la ciudad es real. Evitar caer en la insensatez de que un sólo grupo de actores puede jalonar, pues como presuntamente decía Einstein: «La locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes«; llegó el momento de encontrar un proyecto que nos una, amplio donde todos quepamos, pero, sobre todo, salgamos de este estancamiento. Un cambio de estrategia para obtener nuevos resultados y quizás Cali empiece a aparecer en los ratings de ciudades modelo a nivel mundial y la región prospere con ella.

